PERÚ, REPITIENDO LA ERA DEL GUANO
La Historia es la maestra de la vida, lo dijo Cicerón, en cierta medida la Historia es la maestra de la vida, pero aquí en Perú, su clase dirigente y la población nunca la han escuchado o la han ignorado, como país somos un mal alumno de nuestra Historia. El Perú, es un país que cree que todo tiempo pasado fue mejor, y nada mejor que honrarlo que repitiendo los mismos errores del pasado, vivimos para estar atados al pasado histórico y no para cambiar el devenir, hay un síndrome muy conservador. Hay un paralelismo repetitivo, pues no es la primera vez, entre lo que ocurre ahora y lo que ocurrió antes, la Era del Guano o Prosperidad Falaz (terminó bautizado por el historiador Jorge Basadre) es sin duda una de las etapas que aporta un sinnúmero de experiencias negativas, que bien aprendidas hubieran cambiado la actual realidad de nuestro país.
La Era del Guano (1840-1870), una época de bonanza y prosperidad exportadora, el primer gran ingreso republicano de Perú salido de lo más inmundo que puede existir, el guano o excremento de aves de nuestras islas y el litoral; antes de este recurso apenas podíamos sobrevivir con ingresos bastante pequeños como la pequeña minería, el comercio interregional, la ganadería, una industria incipiente, y con el guano nos convertimos en una potencia exportadora, prácticamente teníamos el monopolio de este recurso que nos permitió tener una balanza comercial positiva. Hoy vivimos similar parangón, en toda Latinoamérica somos uno de los mayores exportadores de gas, cobre, plata, oro, zinc, quinua, palta, café, entre otros; sin embargo ¿cuánto nos diferenciamos de la Era del Guano?, más bien, ¿en cuánto nos parecemos?
La exportación del guano de isla surgió a raíz de la demanda europea, mayormente inglesa, de no ser por una agricultura europea en crecimiento, esta demanda y la subida del precio del guano no se hubiera producido, este recurso se hubiera quedado ahí en nuestras islas; es decir la exportación de este recurso ocurrió por la coyuntura del crecimiento agrícola europeo. El crecimiento exportador peruano de ahora es también coyuntural, la demanda extranjera de minerales o agro productos son los que condicionan nuestros medios y fuerzas productivas, condicionan el destino laboral y la formación de millones de peruanos, lo que es síntoma de dependencia económica, de no ocurrir semejante coyuntura económica internacional ¿qué nos espera?; si baja el precio de los minerales en el extranjero, es lógico que las inversiones se van a reducir y el fisco tendrá menos recursos que captar, tal y como ocurrió con el guano cuando fue remplazado por el salitre ¿seguiremos teniendo una economía que responda a coyunturas del mercado internacional?, ¿dejaremos la dependencia económica?, ¿qué hay preparado en la política económica si esta coyuntura terminaría?
Los efectos de la economía peruana de la segunda mitad del siglo XIX basada en la exportación del guano de isla no se expandieron en la población de todo el Perú, un grupo muy minúsculo de peruanos radicados en Lima se convirtieron en los nuevos ricos del país, el guano fue el milagro que necesitaban los empobrecidos criollos, si bien la demanda de fuerza laboral en la costa aumento y tuvimos que recurrir a la esclavización de chinos coolies, es claro que con la boom exportador del guano se ahondó las diferencias sociales; el que tuvo la posibilidad de acceder al circuito comercial del guano pudo mejorar notablemente sus ingresos para alejarse de los más pobres en la escala social, se marcó distancia entre el rico de la costa y el pobre de la sierra (aunque a este último se lo liberó del tributo indígena). Estos mismos efectos son también ahora notorios en pleno siglo XXI, los grandes capitales nacionales y extranjeros que invierten en la exportación de los minerales y otros recursos con algunos enclaves en el Perú, no permiten una expansión de sus rentas a gran cantidad de peruanos, solo unos pocos viven de esta bonanza, manteniéndose así la desigualdad y la situación de república exclusivista; nuestra clase dirigente no entiende que de persistir esta situación no nos permite integrarnos como nación, no permite generar desarrollo, o ¿acaso esto se realiza ex profeso con la finalidad de mantener los viejos privilegios de la clase dirigente?, ¿hay una especie de complot contra el pueblo?, pues si esto fuera así, momento de cambiar clase dirigente.
En la Era del Guano, surgieron los nuevos ricos, un grupo llamado consignatarios del guano a quien el Estado pagaba comisiones altísimas por colocar el guano en el mercado europeo, si los vendían a un precio mayor estos consignatarios tenían comisiones más elevadas; estos ricos del Perú pronto ansiarían, como es propio del que tiene poder económico, tener el poder político, así es como aparece el Partido Civilista que colocaría en el gobierno a Manuel Pardo (1872-1876), el primer presidente civil electo que desplazó por primera vez a los militares del poder, pero continuaba con la exclusión de muchos peruanos de la política nacional. Ahora, la política sigue siendo un negocio más de los empresarios que participan del crecimiento económico coyuntural, no es una actividad en la que se incluyan los siempre desplazados, pobres, a quienes sólo gotea algo del crecimiento económico; los ricos controlan los hilos del poder de la regulación, de la fiscalización y el de la administración de nuestro Estado, los excluidos no pueden fundar una organización política, participan de la democracia de la forma más sutil que es solo votar.
Gracias a los ingresos del guano se incrementaron los ingresos de la burocracia civil y militar, esto acentuó también la desigualdad en el Perú, los gastos ocasionados por tal incremento representan alrededor del 54% de los ingresos fiscales del guano, un verdadero despilfarro y se nota que no había ideas en qué invertir. Esta situación tampoco se nos es extraña ahora, se pagan tremendos honorarios a profesionales y no tan profesionales, bajo el pretexto de tener así a los más capacitados, las diferencias salariales entre los más pagados de nuestro país, que pueden ser el Presidente del Banco Central de Reserva, congresistas, ministros, técnicos asesores de alto nivel, jueces y fiscales supremos, y los peores pagados que no tienen la dicha de ser funcionario público, son realmente abismales.
El gobierno de los presidentes Castilla (1845-1851), Echenique (1851-1854), otra vez Castilla (1855-1862), hasta José Balta (1868-1872) invirtieron en una política de obras públicas, el impulso modernizador había surgido con los ingresos del guano, construir alamedas, parques, ferrocarriles, puentes, dotar de telégrafos e iluminación; además, se promulgó la muy controvertida Ley de consolidación nacional por al que se pagaba onerosamente a quienes apoyaron en el proyecto independentista peruano y facilitar la manumisión de esclavos; todo esto en medio de corrupción, obras públicas sobrevaluadas y ferrocarriles, donde Enrique Meiggs estafó al Estado peruano, el pago de generosas indemnizaciones a los dueños de esclavos por su manumisión, como declara el historiador Heraclio Bonilla, quien es uno de los mejores en explicar este periodo de nuestra historia. También ahora, hay obras públicas sobrevaloradas por presupuestos adicionales, proveedores del Estado que venden bienes y servicios a un precio superior al mercado, perfiles de proyectos sobre costeados y gobiernos locales y regionales que en contubernio con empresarios realizan obras públicas; ningún gobierno ha hecho pronunciamiento de que esto vaya a cambiar, al contrario se pretende marchar en la corriente de la inversión pública y la población no toma consciencia que este es el sistema de la corrupción, pero se queja de la corrupción.
Como vemos todo un lúgubre escenario de continuidades es nuestro país, lo de la Era del Guano nos enseña que no hemos cambiado estructuralmente, el camino distinto a la dependencia económica no se ha señalado por la clase dirigente de nuestro país, los mismos de siempre controlando el país, con las mismas reglas de juego, los de arriba siempre arriba y los de allá abajo deben mantenerse ahí donde están por la delgada línea de la exclusión con una participación política reducida a la libertad del voto. Solo queda decidir, o mantenernos en el círculo cerrado y conservador de las continuidades, o buscar una línea ascendente progresista del cambio; pero para este último aprendamos de nuestra historia.

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